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Una verdad incómoda
Pintar a la acuarela es aceptar la incertidumbre. Las personas buscamos certezas y orden, buscamos control sobre cada aspecto de nuestras vidas, sobre el devenir del tiempo. No nos gusta la idea de que la vida es esto que nos pasa sin que lo hayamos elegido y sin que podamos manejarla a nuestra voluntad, y por eso mismo nos resulta fascinante lo sólido, lo inmutable, lo que permanece y esta ilusión de control nos aporta una momentánea sensación de seguridad que nos resulta muy cómoda. Sin embargo, como digo, es apenas una ilusión: no escogemos la mayoría de las circunstancias a las que nos encaramos cada día, por incómodo que nos resulte reconocerlo.
La forma del agua
Cuando elegimos la acuarela como técnica, tenemos que abrazar lo imprevisto, especialmente si decidimos dejar jugar al agua con cada pigmento, desarrollando nuestra creatividad en lo que se denomina húmedo sobre húmedo, donde la mezcla de pigmentos tiene sus propias leyes surcando espontáneamente el agua. Raras veces es esa nuestra primera aproximación a estos materiales y esta forma de pintar. Casi siempre, en nuestros comienzos, elegimos otro método menos atrevido, menos valiente, más acorde con nuestra inseguridad. Optamos por lo que se llama acuarela seca (qué gran paradoja esta denominación) restringiendo el agua que aplicamos, pensando que será más fácil manejarla, ponerle límites y acotar su camino. Pero incluso así, tratando de apostar sobre seguro, el imprevisible viaje del pigmento sobre el agua siempre termina por sorprendernos. La fluidez de la acuarela la convierte en un medio increíblemente versátil para representar de forma excepcional el baile entre las luces y las sombras, para tratar de atrapar todos los matices del agua en el mar, en los ríos o lagos, el movimiento de sus reflejos. Sin embargo, esa misma fluidez es la que despierta con más fuerza nuestro miedo al error y nos impide la generosidad con el agua.
Un reto por aceptar
¿Cuánta incertidumbre somos capaces de manejar? Para amar las acuarelas es necesario despertar nuestros sentidos y aceptar el desafío de lo incontrolable, entender que tal vez no debemos juzgar como error ese resultado que aparece sin buscarlo, porque es esencial esa intervención del azar para que podamos desarrollar todo nuestro potencial, y explorar nuestra creatividad por caminos nunca transitados antes. Cuesta comprender que en la vida es el cambio lo único que permanece, y aún cuesta más aceptarlo como una ventaja, como un aspecto enriquecedor.
Donde el agua te lleve
Cualquier acuarelista con experiencia suficiente recomendará “cuanta más agua, mejor”, porque de esta forma la propia transparencia conseguida permitirá después hacer matices y añadir veladuras de color que den forma a la obra que tenemos en mente. Y cualquier acuarelista neófito, al inicio de su aprendizaje, usará con avaricia el agua tratando en vano de doblegar la influencia del azar, sin entender del todo que la belleza de la técnica reside precisamente ahí, en lo inesperado, en lo que no estaba previsto y aun así surge de forma espontánea. La maestría del artista es el catalizador que va a permitir a través de esta técnica atrapar por igual el instante de bullicio cosmopolita de una urbe, la grandiosidad de la naturaleza, o la suavidad costumbrista de una escena en un día cualquiera de la vida.
Nada permanece inmutable
También en los colores el cambio es protagonista, nunca son exactamente lo esperado. Al inicio, al aplicarlos, surgen vibrantes y alegres, para palidecer sin remedio cuando secan. El propio papel blanco es un tono en sí mismo, para los más puristas la blancura la da el papel, y no se ve con demasiada indulgencia aplicar guache o cualquier otro pigmento blanco para sacar las luces en una obra.
Pintar a la acuarela puede entenderse también un camino para comprender y aceptar la vulnerabilidad. El propio soporte en el que pintamos es efímero, nada más frágil que el papel. Quizá al comienzo el uso de la acuarela sobre papel o cartón era el medio por el que muchos artistas plasmaban de forma provisional los bocetos de sus obras futuras. A través del tiempo, este delicado soporte se hace también protagonista esencial de la técnica de la acuarela en función de sus propias características, que aportan carácter a la obra pintada y definen por sí mismas el resultado final. El grano grueso, que aporta orografía y diques al paso del agua, favorece la magia espontánea del uso en húmedo, creando relieves y efectos de texturas, sombras y huecos. El papel satinado, con su superficie resbaladiza y su lisura, tan suave, imprescindible cuando buscamos libre movimiento, esquivo si queremos gran precisión y detalles. Y el más común papel de grano fino, no demasiado suave, no demasiado rugoso, no demasiado liso ni demasiado áspero, en un glorioso término medio que nos hace creer mejor en nuestra ilusión de control.
Compañeras de viaje
Las acuarelas han acompañado al ser humano en muchas de sus aventuras a lo largo de la Historia. Han estado presentes en centenares de expediciones por medio mundo, reflejando la geografía, los descubrimientos de nuevas especies animales y botánicas, los nuevos paisajes. Poder llevar las acuarelas fuera del estudio, gracias a su fácil portabilidad especialmente a partir del siglo VIII en el que se comenzó a utilizar acuarelas en forma de pastilla, convirtió esta técnica en una herramienta idónea para esta necesidad de plasmar los hallazgos encontrados. Ya el artista no tenía que llevar los pigmentos en polvo y hacer las mezclas, podía llevar ya el color elaborado en la pastilla dondequiera que fuese. Estos acuarelistas viajeros fueron capaces de reflejar con su maestría la esencia de tierras lejanas, atrapando con los colores la inmediatez de la experiencia vivida en entornos únicos, con costumbres y gentes nuevas.
Monocromía vs. Explosión de color
En los inicios, la acuarela monocromática se valía de un único color, habitualmente negro o sepia, con sucesivas capas casi imperceptibles para representar lavado tras lavado la profundidad de cada escena, creando degradados, capas con distintos niveles de transparencia y contrastando con el toque de luz del blanco del papel. Así podemos recorrer desde la sutileza más delicada y translúcida, a la brillantez más profunda de los colores saturados de pigmento, pasando por todos los niveles de saturación, veladura tras veladura.
La magia del color en la acuarela reside en que esta técnica permite a las partículas del pigmento dispersarse en el papel al azar, libre de la tiranía que el blanco de plomo, propio de las pinturas opacas tradicionales, imponía para para facilitar sus cualidades cubrientes, condenando a la obra a degradarse y ennegrecer al poco tiempo. Aún así, en sus comienzos, las acuarelas arrastraron la influencia de la forma habitual de pintar en óleo, en témpera, formando parte de dibujos que después eran coloreados, habitualmente de forma monocromática o con un restringido rango de colores. Incluso el papel utilizado aportaba su propio tono grisáceo, azul, crema… de modo que se necesitaba abrir con tizas o con blanco de titanio los puntos de luz en las obras. Sin embargo, el azar de nuevo se abre paso, y nuevos artistas experimentaron con nuevas formas de aplicar láminas de pigmento con más agua y colores más vibrantes, dejando el trazo enriquecerse con los caminos que surgían de la fluidez y la gravedad.
Alejarse del miedo
Para pintar acuarelas hay que aprender a jugar sin red. Nos enfrentan con uno de nuestros miedos más extendidos: el temor a cometer errores, a fallar, a equivocarnos. Una de las creencias más extendidas es que la acuarela no puede corregirse, y aunque no es del todo cierto, si hay que reconocer que no es sencillo borrar. Parece que la pincelada en el papel, como la palabra dicha, no vuelve atrás y, sin embargo, como en tantas otras ocasiones en la vida, no es del todo así, Resulta más difícil y menos obvio que en otras disciplinas enmendar lo que inicialmente vemos como errores. Aunque las acuarelas sí nos permiten cierto nivel de modificación, es una posibilidad parcial y acotada en lo sobrevenido, y esta opción siempre es siempre a cambio de actuar con templanza, con calma y sin dejarnos arrastrar por la precipitación. De nuevo la naturaleza humana nos juega malas pasadas y es fácil que nos dejemos llevar por el impulso de quien tiene prisa por borrar sus fallos y por tratar de subsanar inmediatamente el accidente, lo que empeorará inevitablemente el resultado. Cuántas veces ese miedo a lo azaroso nos paraliza, nos envenena y nos condiciona para no poder disfrutar de lo espontáneo, de lo distinto, de lo no convencional, poniendo trabas y escollos a nuestra capacidad de crear. Sólo cuando aprendemos a disfrutar de lo impredecible, es cuando podemos incorporar en nuestras creaciones técnicas como las salpicaduras, el golpeteo del pincel, las texturas con sal, donde el aparente desorden y lo incontrolable se hacen protagonistas de nuestra obra. Solo podemos conectar con esa esencia si recuperamos el placer de jugar, abandonando el juicio permanente y disfrutando de la parte más lúdica de la incertidumbre.
El tiempo y el azar
El arte de la paciencia es esencial en la acuarela, para calibrar apropiadamente cuando pintar, cuando esperar a que seque, cuando debemos aprovechar la humedad del papel, cuando añadir únicamente agua para conseguir un sutil desvanecimiento del color en degradados imperceptibles, cuando hay que trabajar con pincel seco o cuando hay que levantar el pigmento con el pincel húmedo… Respetar las pausas y los tiempos del agua, abrazando su esencia indómita, perder paulatinamente el miedo a lo azaroso, a lo distinto, a lo casual. No es fácil aceptar la imperfección como parte de nuestras vidas. Mucho más difícil aún aprender a valorarla como un aspecto que enriquece, que suma y aporta valor integrándose en la obra y haciéndola única e irrepetible. Idealizamos tanto la perfección que su búsqueda se convierte en una cadena invisible que no nos permite avanzar y nos priva de crecer transitando caminos inexplorados. La creación avanza por sendas no lineales, sinuosas, y la mano sutil del azar surge esencial e ineludible para que la sorpresa pueda aparecer en el momento más inesperado para reconciliarnos con lo divergente.